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LA NACION - 2021-09-15

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La justicia múltiple de Dante: méritos, premios y castigo

CULTURA

Alberto Manguel

Al cumplirse 700 años de la muerte del poeta italiano, Alberto Manguel lee y analiza su obra a la luz del misterio de la pena y el amor. Si creemos en la palabra de Dante, la Commedia es esencialmente un atlas del Otro mundo. Si Boccaccio tenía razón y Dante le había contado al hermano Ilario del Corvo que se había propuesto inicialmente escribir su Commedia no en toscano, sino en latín, y si las primeras palabras del poema eran “Ultima regna canam”, podemos entonces suponer que la intención de Dante era meramente adoptar el papel de otro geógrafo de los mundos más allá de este mundo. Desde luego, la Commedia es mucho más que una mera obra cartográfica. Un atlas es también un teatro, un Theatrum Orbis Terrarum, erigido sobre ciertas supuestos compartidos por el cartógrafo y por sus lectores. Carlo Ossola, al examinar la idea de la Commedia como teatro, señaló que, antes que la mise-en-scène de la busca de la inexpugnable Beatrice, la Commedia es en realidad la reunión en un escenario colosal del reparto completo de la historia humana para volver a representar, en una suerte de sacra rappresentazione, todos los destinos individuales y colectivos para un único espectador, el lector común o el Juez Eterno. La elaborada puesta de esta comedia universal es nada menos que la arquitectura misma del mundo cristiano. En consecuencia, el texto de la Commedia sería la escritura, en forma de drama, de “quella materia ond’io son fatto scriba” (esa materia de que fue hecho escriba), el universo como mapa verbal. Así dispuestas, las acciones representadas en este mundo están sujetas al juicio inescrutable de Dios y son debidamente castigadas, purgadas o premiadas “nel conmensurar d’i nostri gaggi” (el medir comparando nuestros méritos) hasta el día del Juicio Final. Dante quería aparentemente trazar el mapa de este territorio inexplorado. Boccaccio señala que Dante pretendía destinar su Commedia a la gente común, y que fue esa la razón por la que decidió cambiar del latín culto al demótico florentino. Aun cuando pueda dudarse de que un lector del siglo XIII participara enteramente en el asombroso conocimiento que Dante tenía de teología, filosofía, psicología, astronomía, geología, etc., es cierto que algunos aspectos fundamentales de su universo conceptual eran conocidos por todos en el mundo cristiano. La Justitia es uno de tales supuestos compartidos. La justicia es la medida deseada de cada cosa en nuestro mundo, una justicia nacida del amor de Dios y hecha efectiva en la vida futura. Los pecadores castigados con las consecuencias de su pecado según la ley del contrapasso en el Infierno de tortura eterna, las almas salvadas que purifican los restos de sus faltas en el largo ascenso al Monte Purgatorio, y las almas bienaventuradas recompensadas con la beatitud en una Paraíso jerárquico en el que las jerarquías no implican gradaciones: los tres reinos ultraterrenos de Dante están gobernados por las misma lógica impecable y equilibrada. La justicia como idea presuntiva es una parte crucial de nuestra concepción de la sociedad, una noción casi intuitiva que requiere de la existencia tanto de un sistema judicial común ordenado en un código de leyes como una justicia individual sancionada por medio de una carta de derechos y responsabilidades. La justicia es entonces un concepto colectivo implícito en varios niveles de sentido, desde un sistema legal que procura permitir que todos los ciudadanos lleven una vida más o menos feliz en busca de un bien más alto hasta los elementos morales de cada individuo que dirigen la voluntad a favor (o en contra) del prójimo y de sí mismo. La justicia es doble en sus fines; como escribió Giacopo Mazzoni en su Defensa de la Comedia de Dante, de 1587: la justicia “no solo admite ocuparse de la justicia, sino también de la injusticia”. El estribillo “la Justicia de Dios prevalecerá” del Antiguo y el Nuevo Testamento es una promesa para el justo y también una advertencia para el pecador. La Commedia no es una abstracción filosófica o alegórica denotada por voces, sino una entidad cartográfica singular y universal de actividades divinas y humanas entrelazadas. Esta entidad está regida por una virtud central, que es la justicia. Esta cualidad, la Justicia, pertenece al universo, pero no lo define formalmente: es lo que los talmudistas llamaban segulah, la cualidad particular de una sustancia que sin embargo no figura en su clasificación formal, como la risa o el rubor en la definición de los seres humanos. La noción de la Justicia como segulah del mundo procede del Libro V de la Ética nicomáquea, el texto aristotélico favorito de Dante. Según Aristóteles, justicia es la disposición por la cual los hombres son capaces de realizar acciones justas y por la que suelen obrar rectamente y lo desean. Este argumento circular se torna más nítido cuando Aristóteles abre la discusión acerca de lo legal y lo justo. Su razonamiento sostiene que aquello que es conforme a la ley de un Estado conduce al bien común y de sus gobernantes, y, en consecuencia, todos los ciudadanos deberían obedecer la ley para ser justos. Ser justo significa situarse entre dos extremos, entre dos acciones injustas opuestas: obtener demasiado, es decir, “un exceso desproporcionado”, u obtener demasiado poco, “una deficiencia desproporcionada”. La concepción de la justicia, ya sea divina o humana, de Tomás de Aquino deriva tanto de Aristóteles como de Agustín, y Dante estaba familiarizada con ella. En la cosmología de Dante, el Otro Mundo está regido por una suerte de orden retórico. En el Cielo de Júpiter, por ejemplo, una presentación verbal vertiginosa le permite al peregrino ser testigo de la procesión de los justos que gobiernan el mundo. Al principio, las letras aisladas aparecen ante los ojos de Dante y forma las palabras “DILIGITE JUSTITIAM, QUI JUDICATIS TERRAM”, una versión concisa de la advertencia en el libro de la Sabiduría “Amate lo lume della sapienza, voi tutti che siete dinanzi a’populi”. La sabiduría queda igualada con la justicia: ser sabio es ser justo, y viceversa. Esta exhortación está específicamente dirigida a los jueces terrenales, y los intima no solo a impartir justicia, sino también a que prueben su sabiduría amándola. Demanda que los jueces no concentren sus tareas en los mecanismos del sistema judicial, sino que más bien pongan su confianza en el afecto, en el amor a Dios, que es la fuente de toda justicia. En este punto de la historia de Dante, millares de luces emergen de la última “M” para formar, como en un gigantesco caleidoscopio, primero una flor de lis monárquica, y luego la cabeza y el cuello de un águila. Mientras tanto, otras almas que se habían congregado en la forma de una flor de lis completan la ‘mprenta del cuerpo y las alas del ave. El Águila de la Justicia, hecha de miles de espíritus resplandecientes, se muestra majestuosa al peregrino. A diferencia de otras aves de la Commedia (incluso de otras águilas), el Águila de la Justicia aparece como lo que Dante llama un “segno” o una “imagine”, un signo o un emblema. ¿Pero cómo responde el Águila majestuosa a las lágrimas humanas? El Águila poderosa, emblema y encarnación de la Justicia Divina, se presenta como recordatorio y como amonestación, al insistir en que no debemos cuestionar la Palabra de Dios. Su aparición podría sugerir también una suerte de “tentación negativa” (como la llamaba robert Louis Stevenson), una prohibición que enciende la pregunta reprobable aunque inevitable: “¿Por qué”. “¿Quieres realmente anular mi sentencia?”, le pregunta el Señor a Job. “¿Y condenarme a mí para justificarte?”. Job sabiamente no responde, tal vez porque entiende que las palabras sarcásticas de Dios se refieren menos a la justicia que al poder. Dante, al experimentar la injusticia de manos de su amada Florencia, erigió su Commedia en el marco de la Justitia. Con todo, y fuera de la necesidad poética dialéctica, el poeta representa varios de estos actos divinos como injustos a los ojos del peregrino, y por lo tanto del lector. Con soberbia maestría, por medio de las humanas reacciones del peregrino, Dante nos hace a nosotros, sus lectores, compartir la piedad y el dolor por algunas de las almas cuyos pecados son incómodamente cercanos a los nuestros. Dante hace que nosotros y su peregrino nos rebelemos intuitivamente contra lo que sabemos es la Justitia infalible de Dios. Por intermedio de las reacciones empáticas de su peregrino, Dante da voz a un comentario crítico de, y dentro de, la estructura dogmática de las Leyes Divinas. Estas leyes permanecen, no obstante, inmutables, desconcertantes e infalibles, pero abiertas al cuestionamiento humano, por más inaceptable que este cuestionamiento pueda dogmáticamente ser. El desmayo de piedad por la historia de Francesca, la admiración por la actitud triunfante de Brunetto Latini, la consternación al ver la sangre que brota del arbusto donde habita el alma de Pier della Vigna, el destello de envidia al follo volo de Ulises son las maneras que encuentra Dante de dar voz a nuestro humano “Sí, pero…”. Esta empatía no es inequívoca. Dante aborrece a Bonifacio VIII por su política y sus conspiraciones aviesas, que fueron en gran medida la causa del exilio de Dante de Florencia y condena al papa al Infierno (aun antes de su muerte) por el pecado de simonía. Pero, como creyente en la santidad de la Iglesia, debe defenderlo y deja que sea Adriano V quien arremeta contra los perseguidores del mismo Bonifacio, ahora como Vicario de Cristo. La novelista Penelope Fitzgerald explica esta paradoja: “Es una suerte que amar y agradar no sean la misma cosa. No estamos llamados a que nuestro prójimo nos agrade, sino a amarlo”. La palabra DILIGITE antes de la aparición del Águila es esencial. “Diligite” significa “elegir”, pero también “amar”, en el sentido que Jerónimo le da en su traducción del Éxodo: “Et faciens misericordiam in millia his qui diligunt me, et custodiunt praecepta mea”, “y tengo misericordia a lo largo de mil generaciones, si me aman y cumplen mis mandamientos”. Este “si me aman” asociado inextricablemente con “cumplen mis mandamientos” es el sentido de la instrucción de Virgilio a Dante antes de llegar a la cuarta grada del Monte Purgatorio: “Quinci comprender puoi ch’esser convene/ amor sementa in voi d’ogne virtute/ e d’ogne operación che merta pene” (“Entenderás por eso que el amor/ es semilla de todas las virtudes/ y de todo acto que merece castigo”). La justicia es amor, y el amor es justicia. No hay otra cosa que haga falta aprender.

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