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LA NACION - 2021-09-15

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Cara a cara, a diez metros de altura

CONTRATAPA

Ariel Torres —LA NACION—

Era una plácida mañana de verano en alguno de los bosques del Partido de la Costa, hace más de 30 años. Estaba de vacaciones y, después de desayunar, disfrutaba del aire único que respiran los pinos, afuera, en al jardín de la hostería en la que me había hospedado. a lo lejos, vi un gato negro sentado y lo llamé, como se llama a los gatos, y la dueña de la hostería, una señora mayor, terció, algo disgustada: –Esa es muy arisca esa, no se da con nadie. Pero la gata se había dado vuelta y me miraba. después se levantó, caminó hasta donde estaba sentado y se subió a mi regazo, ronroneando. La señora golpeó el piso con el escobillón, bufó indignada, y maldijo en un idioma que no reconocí. nos encanta tener superpoderes, y todos tenemos alguno. Pero no elegimos cuál. Conozco una persona, por ejemplo, que sonríe. y cuando sonríe el mundo se ilumina y todo va a estar bien. Pues bien, a mí me ha pasado siempre esto de que los animales me aceptan como un igual. En una ocasión, por ejemplo, hicimos la típica cabalgata por la playa. Todo fue normal y según el manual, hasta que nos apeamos, saludamos y nos dispusimos a retirarnos. Entonces oímos cierto revuelo a nuestras espaldas y el sonido característico de los cascos. La yegua se había escapado del puesto y quería venir conmigo a toda costa. no quiso aceptar un no por respuesta y tuve que quedarme un buen rato, hablándole bajito hasta que la persuadí de quedarse. Quién sabe si hice bien. anteayer, a diez kilómetros de casa, había una rotunda tormenta eléctrica que iluminaba todo el horizonte hacia el noreste. Mi perra Betty temblaba sin control, aterrorizada por los truenos. Le dijeron: –¡Pero, Betty, si no se oye nada! nosotros no oíamos nada. Pero nuestros sentidos no son como los de ellos. Tengo un amigo que posee este mismo don, pero con los pájaros. Les habla, y cada tanto se lo ve con algún volátil en la mano. Qué sabrá sin saber que lo sabe; es algo que no podemos saber. Pero les habla y vienen. Como nos gritamos entre nosotros, creemos, con la misma lógica desviada, que hay que vociferar cuando el perro o el gato hacen algo mal. decisión desgraciada, porque ellos poseen un oído mucho más sensible y esos alaridos constituyen una tortura. En lugar de aprender, sufren y luego nos rehúyen. En fin, como decía, y probablemente por el entorno en el que pasé mis años fundacionales, me entiendo con estos seres prodigiosos y llenos de secretos a los que llamamos, sin pensarlo mucho, bestias. La situación más crítica que me ha tocado vivir ocurrió a unos diez metros de altura, durante un campamento estudiantil, cuando apostamos con un compañero del colegio quién trepaba más rápido un árbol inmenso. ascendimos rápido, hasta que mi amigo, que me iba ganando, se detuvo en seco y empezó a balbucear mi nombre con voz trémula. Recuerdo a las chicas alentándonos allá abajo, y recuerdo que pensé que estábamos demasiado alto para tener un problema. Como no entendía por qué se había paralizado, por qué temblaba y por qué hablaba raro, cambié de rama, me adelanté un poco y entonces comprendí que de verdad estábamos en aprietos. de un hueco en el tronco, justo delante de la cara de mi contrincante, había salido la cabeza espectral y no muy amigable de una comadreja argentina; supongo que una Didelphis albiventris. Era invierno y habíamos importunado su sueño, pero mi amigo estaba a punto desplomarse. “Esto termina mal”, pensé, asustado. así que subí un poco más, puse con suavidad la suela de la zapatilla delante del hueco del árbol; la comadreja, amodorrada, no se resistió, y mi contrincante descendió con prisa. admito que pronto la pequeña didelphis se convirtió en un “peligroso animal” y mi acto en algo parecido a un sacrificio heroico. Pero no fue nada de eso, y todavía hoy me pregunto cuándo dejamos de entendernos, nosotros y ellos.

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