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LA NACION - 2021-09-15

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La historia del Flaco López: pudo dejar el fútbol y hoy es la revelación del torneo

DEPORTES

Ariel Ruya LA NACION

Un año y un puñado de meses atrás, corría sobre el césped desparejo de Colegiales, de Tres Arroyos. Todo sumaba: le garantizaban sueldo, casa y comida. Era el goleador del Escolar, con 16 tantos (5 en el Apertura y 11 en el Clausura), aunque solía transpirar como una suerte de extremo, con un ida y vuelta incansable, entre patadas, estadios descamisados, vestuarios con agua fría y la indumentaria hecha en casa. Jugaba en la Liga Regional, con sueños de Federal. En el primer torneo, perdió la final con Huracán, el clásico. La revancha, seis meses después, la ganaron por penales. El ascenso fue un premio enorme para José Manuel López. Independiente lo había dejado en la calle, Lanús lo cobijaba, pero hasta ahí nomás. Estuvo a punto de viajar a Riestra, hasta que las vueltas del destino, el arribo de Nicolás Orsini a la Bombonera y unos 15 minutos inolvidables lo cambiaron todo. De un día para el otro, lo llamaron para entrenarse en la primera. Entró con la varita mágica: la primera pelota que tocó, fue directo a la red. Más tarde, tiró magia, la que puede tirar un gigante de 1,88m con cara de nene y sonrisa enmarcada. El Flaco juega, mientras ríe. O ríe, mientras ataca. Se inclinaba por la banda, pero le sugirieron algo aún más grande: ser el otro 9 correntino, la sombra de Pepe Sand, algo así como su padre, con 41 años. Lo tranquiliza, le calma la ansiedad, cuando no hablan de la pesca, de Corrientes, de las tardes de siesta. “Cuando Pepe debutó, yo no había nacido. José es un grande, estoy muy contento de jugar al lado de él”, explica. Un auténtico desconocido en las grandes marquesinas, López suma 6 goles. Si se suman los 10 de Sand, tienen la misma cantidad de goles a favor de Talleres, el otro puntero del Torneo 2021. Habla como un estudiante aplicado (solía sacarse 10 en la mayoría de las materias), hijo de una ama de casa y un padre dedicado a los embarques pesqueros que solía alejarse por semanas, nunca abandonó los libros. “Tenés tiempo, pero la cabeza tiene que estar preparada para afrontar las dos cosas”, asume. Nació en San Lorenzo, un pueblo de 3000 habitantes, allí en donde todo llega un segundo más tarde, a unos 70 kilómetros de la capital de la provincia. “Un pueblito humilde, en donde hay una sola escuela primaria y secundaria”, cuenta. Era un niño y jugaba en El Progreso cuando lo fue a ver Boca, pero no convenció. Más tarde, Independiente se lo llevó en una valija. Iba y volvía, esa clase de sacrificio de kilómetros entre ómnibus, trenes y automóviles. Con el transcurrir del tiempo, la familia se instaló en La Plata. Casi abandona en la sexta división. “Tuve un problema que casi me hace dejar el fútbol. Tenía una lesión en la cintura, en los huesos, que casi no me dejaban caminar. Pensé en dejar un tiempo, pero las ganas fueron más fuertes”, advirtió, tiempo atrás. Una vida roja de inferiores, hasta que, a los 16 años, por un cambio de mando, lo corrieron de la escena. Suele pasar. Pero no bajó la mirada. “Porque hay que confiar. Siempre hay una oportunidad, hay que saber aprovecharla”, suele contar. Era enganche, prefería ser wing. Hasta que surgió Lanús en tiempos de vacas gordas: estaba por jugar la final de la Copa Libertadores contra Gremio. Se sorprendió con el mundo Lanús. Desde la alimentación hasta el sistema: todos los equipos de inferiores suelen jugar con el mismo dibujo, el clásico 4-3-3. “Me enamoré del club”, se entusiasma. Admira a Nacho Fernández, aunque su espejo es de otra era, Thierry Henry. En Lanús aprendió todo, pero cuando no tenía espacio, se instaló en el interior. Fue otro tipo de aprendizaje. Lo aclara Luis Zubeldía, el entrenador: “Lanús tiene muchos jugadores en condiciones de venta a Europa. Aude, por ejemplo, es un fuera de serie y tiene 18 años. En el caso del correntino, yo creo que cualquier equipo de Alemania lo ve y lo viene a buscar, porque tiene un poderío físico extraordinario y una manera de ir a cabecear tremenda. Lo veo con características para un equipo grande de Alemania”. El Flaco se ríe. Suele celebrar los goles con la letra que identifica al otro puntero del campeonato. “La T es por mi mejor amigo, Mateo, al que le digo Teo. Siempre me dice que voy a hacer un gol”, dice. Se inclina por el área y la cocina: le gusta preparar sus comidas. Convirtió al cabezazo en una obra de arte. “Hay que entrenar la coordinación para el salto, hay que agarrar la pelota en el punto más alto. Me sale natural. Tengo el instinto, el impulso de llegar”, describe. Tiempo atrás, sin embargo, era juzgado en las redes sociales. Le decían que no sabía jugar con los pies, que solo sabía saltar. Entonces, festejó un gol con el clásico “Topo Gigio”. “Me salió, porque había gente que me estaba criticando en las redes. Para que no se hable tanto, para que se calmen un poco. Me jodían con que no sabía jugar con los pies y cosas así… Pero no me afectan las críticas, me cago de risa…”, contó, días atrás. El López de la lista que suele tomarse todo con humor. Y con altura.

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