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LA NACION - 2021-09-15

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Edda Bustamante. “Del desencuentro surgen siempre cosas interesantes”

ESPECTÁCULOS

Textos Gustavo Lladós Fotos Santiago Cichero/afv

Es una rara avis en el mundo del espectáculo local. Quizás algunos vean a Edda Bustamante como un sex symbol o una femme fatale, pero ella es una actriz todoterreno que no quiere ser definida por sus personajes. “Yo soy pura cabeza, personalidad y combate”, dirá en algún momento de la entrevista con la nacion, en el bar-restaurante Milion del que es habitué. La excusa era hablar de la comedia romántica Quince días para hablar de amor, que estrenó el sábado pasado en el Teatro Regina, junto a Emilia Mazer, Fabio Di Tomasso, Gonzalo Urtizberea y Esteban Prol. “La obra de Víctor Winer, que cuenta con dirección de Mariano Dossena, es como una especie de libro de autoayuda para recordar, más que nada, que a veces no nos detenemos a hablar del amor y que cuando lo hacemos no sabemos qué decir. El planteo básico es ese: si te detenés, vas a necesitar 15 días para hablar del amor porque hoy el amor, pese a que nos lo pasamos diciendo todo el tiempo que necesitamos uno, debe estar en el décimo lugar de las prioridades. Hay otras urgencias”, empieza señalando esta sanjuanina de pura cepa devenida porteña de ley. La pieza transcurre en los años 70 “porque el director sintió viscetextos ralmente que la obra pertenecía a aquella época, pero lo que cuenta bien podría suceder hoy en día”. –¿La obra te remonta a tu juventud? ¿Cómo eras en aquel entonces? –En mi juventud pasaron cosas muy fuertes en mi familia, desgracias muy profundas. De todos modos, siempre traté de equilibrar lo que viví en aquel momento con situaciones de placer para no tener que recordar toda una etapa dolorosa sin algo luminoso en el medio. Lo que puedo recordar positivamente son mis amigas, mi barrio, los vecinos, las reuniones con mis tías de los jueves y las familiares de los domingos. Después, a los 20, me vine a Buenos Aires y lo que recuerdo es lo que quería tener por aquel entonces: nada. Si el mundo explotaba iba a ser muy feliz. Entonces estuve muy separada de la familia. Aquí lo que me sostuvo siempre fue la danza y mi arte. –¿Cuáles fueron esas “desgracias muy profundas”? –La muerte de una hermana, más chica que yo, en un accidente automovilístico, a los 18 años. De alguna manera quedé pegada a todo aquello. Margarite Duras contó que cuando en Indochina perdió a su hermano menor, de solo 14 años, comprendió que él se llevaba la inmortalidad. Creo que hay alguien en la vida de uno que en un determinado momento se lleva la inmortalidad y mi hermana se la llevó. Cuando, buceando en las redes, encontré ese reportaje a Margarite, comprendí lo que me había pasado, el sentimiento que me embargaba. Cuando alguien te lleva la inmortalidad, así de esa forma, perdés también la base de las alegrías y descubrís que todo es pasajero. Por otro lado, al tener ese sentimiento tan profundo de la inmensidad del cosmos, todo es posible; y la vida es más fácil. –Volviendo a Quince días para hablar de amor, ¿cómo es tu personaje? –Es una mujer casada hace muchos años con un ser que quiere, pero que siente que no la comprende. Ellos se casaron muy jóvenes, sienten que se están perdiendo, pero hay vibraciones entre ellos. Están juntos y no se pueden separar porque ella vive a través de él, lo vive criticando permanentemente y así siguen. Tienen hijos, pero no es un tema importante entre ellos. A través de esta pareja, se plantea qué es el amor, ¿la vibración que se siente fugazmente, lo que se construyó a lo largo de la relación o el entenderse a través del desencuentro? Yo, Edda Bustamante, creo mucho en el desencuentro, de él pueden surgir cosas muy interesantes. –¿Cómo fueron tus comienzos en Buenos Aires? –Yo me había recibido de profesora de danza y de música, estaba estudiando arquitectura y no tenía nada que ver con Buenos Aires. Cuando llegué aquí no tenía un nombre, ni una carrera ni un pasado, no tenía nada. Vine acá a respirar porque yo allá, por lo de mi hermana, no podía respirar y sentía que me iba a morir. Acá empecé tomando clases de danza en el estudio de Olga Quiroga, una primera bailarina del Colón que fue mi protectora y que quise mucho porque tenía la edad de mi abuela y sus mismos ojos celestes. A través de la danza me conecté con gente muy grosa, con bailarines del Teatro San Martín, escritores, poetas y músicos. Y de repente decidí que no quería que mi papá me continuara manteniendo y entonces, me dijeron que como yo era muy mona tenía que estar en televisión. Ahí me fui a Canal 13 y entré porque mi nombre es mágico, busqué a un productor, al principio se rió por mi tonada sanjuanina y después me llamó para hacer algo muy chiquito, que no recuerdo qué fue, pero eso me abrió las puertas del medio. –¿El siguiente paso fue tu debut en la revista porteña? –Sí. Me presenté a una prueba de bailarinas que estaba tomando Eber Lobato. Me eligió y debuté en Escándalos, una revista que protagonizaban Nélida Lobato y Zulma Faiad. Luego me dediqué a las comedias musicales. En esa revista producida por Alejandro Romay, él me pidió que hiciera un medio desnudo, un topless. Le dije que estaba loco, pero después puse mis condiciones: encargarme de las luces y aparecer detrás de una cortina de tul. Todos me decían: ¿Sos una recién llegada al medio y ya estás pidiendo cosas? Él accedió y, entonces, finalmente acepté hacerlo dentro de un cuadro bailado que hacía con Enrique Ibarreta. Más tarde protagonicé en teatro mi primer y único desnudo integral, en Oh!, Calcutta! –Poca gente sabe que trabajaste en cinco musicales históricos de los años 60 y 70: Oh!, Calcutta!, Pippin, Chicago, A Chorus Line y Sweet Charity. ¿Qué recuerdos tenés de esos trabajos? –¡Y también estuve en la versión original de Aquí no podemos hacerlo, de Pepito Cibrián! Yo estaba en un camino, después de debutar en la revista, en el que por haberme sacado la ropa prácticamente me habían hecho la cruz y no servía para nada más, pero me llamó Pepe –no sé muy bien por qué–, posó su mirada sobre mí y cambió mi suerte. Cada vez que nos reencontramos me dice: “Eras hermosa, una yegua de tobillos finos”. Ya había participado en Chicago, pero solo por 15 días y como bailarina, en el papel secundario de una de las presidiarias. Me fui porque yo había pedido un cartel recuadrado y Alejandro Romay no me lo respetó. Yo le había pedido ese tipo de cartel, que se estila en los Estados Unidos porque él quería que fuese la reemplazante de Nélida Lobato (la protagonista del musical), en caso de que le ocurriera algo. Lo habíamos convenido de palabra, no cumplió y me fui. Antes le dije: “Me voy porque si no en el futuro no me vas a respetar”. Y a los cinco años me volvió a llamar para A Chorus Line, o sea que no estuve equivocada en mi proceder. Hacerse respetar nunca está mal. De hecho él y su familia luego me adoptaron y me invitaban todos los fines de semana a su quinta. Era una Romay más. Desde entonces me manejo así: soy muy fría y dura con respecto a mi carrera, por mi nombre y mi cartel mato. Después dejé de bailar, algo de lo que ahora me arrepiento, porque necesitaba la palabra. –¿Eras consciente de la importancia de trabajar en semejantes títulos? –Fui consciente cuando llegaron los repositores de esas obras desde los Estados Unidos; bailarines y coreógrafos norteamericanos que habían trabajado en las versiones originales. Ellos me produjeron la mayor emoción de mi carrera y mi vida personal. Encontré en ellos a unos pares, compartíamos el mismo vuelo y rigor para trabajar, una misma sensibilidad y un idéntico nivel intelectual. Todos, sin excepción, me quisieron llevar a Broadway y, por cosas de la vida, que les pasaron a ellos y no a mí, no llegué a Broadway. Pero insistían en que si hubiera estado vivo Bob Fosse, yo hubiese sido una de sus novias, una de sus mujeres, una de sus musas. Él hubiera amado lo que yo era. –¿Esa fue tu gran frustración profesional? –No llegué a trabajar en Broadway, pero sí a bailar en un escenario de Broadway. ¿Cómo fue eso? Sucedió a comienzo de los años 90. Había viajado a Nueva York y me invitaron a ver Cats, el maravilloso musical de Andrew Lloyd Webber. Todo bien hasta que llega el intervalo, entonces el público se levanta, va por unos tragos y yo me quedo sentada. Fue ahí que pensé: “he estado en la Argentina con los mejores bailarines y repositores de Broadway, han sido mis amigos y me han querido traer acá. Bueno, yo pertenezco acá, yo soy esto. ¿Yo no voy a bailar en Broadway? Sí, voy a bailar en Broadway porque yo soy Broadway”. Entonces me paré, enfilé por el pasillo, busqué la escalerita, me subí al escenario y me puse a bailar. Luego, sobre cada una de las escenografías de los gatitos, empecé a saltar y a hacer giros. Ahí vi que habían aparecido los actores entre cajas. Solo paré cuando me cansé y ahí todos, actores y espectadores, me ovacionaron. Yo saludé como una bailarina, les envié besos y corazoncitos a todos, me bajé del escenario, me senté en mi butaca y, como si nada, me dispuse a ver el segundo acto de la obra. ¿Cuántas figuras en los Estados Unidos (no hablemos de la Argentina), quieren estar en Broadway y ser aplaudidos de pie por el público y sus pares? Todos. Bueno... yo lo logré. Aparte bailé sola, fui protagonista de mi propia obra. –Tu carrera ha tenido de todo un poco: trabajaste en cine, teatro y televisión, en el circuito comercial y en el under, en musicales de Broadway y en películas de corte erótico. ¿Fue algo buscado o se fue dando así? –Se fue dando así, pero a la vez también lo busqué. Me costó mucho mantener la heterogeneidad. Los representantes no me comprendían, será por eso que hoy soy mi propia representante. Si hacía un musical después quería hacer otra cosa, pero no, me llamaban siempre para hacer lo mismo, me ofrecían más y más sopa. Y yo me aburría, necesitaba desafíos y en esa búsqueda me fui formando, pero fue un camino muy arduo. Porque yo no soy para esta cultura, no soy para este país, yo soy para los Estados Unidos. Yo soy una bailarina que en los Estados Unidos cantaría, actuaría y sería un todo. Allá cuentan con una cultura muy desarrollada, donde a nadie le sorprenderían mis elecciones, sobre todo porque tengo la capacidad y el talento para sostenerlas. Acá te obligan a ser una actriz dramática o una actriz de comedia o una actriz de musicales, si no, dicen, te desdibujás. Te obligan a seguir una línea. Yo me niego, será por eso que la gente no me reconoce tanto por mi carrera sino por mi personalidad. Y tienen razón: yo soy una mente, combate y personalidad. –En Matrimonios y algo más interpretabas un sketch erótico por el cual fuiste considerada un ícono sexual de los 80 y 90, ¿eso te ayudó a consolidar tu carrera o te congeló en ese rol? –Me divirtió. Acá en la Argentina se habla muy fácilmente de divas, hay muchas con el título de diva, muchas con el título de sex symbol y muchas con el título de mito. Yo lo de ícono sexual lo tomo como eso, como cosa divertida, no como algo que me dirija, eso está en la mente del otro, yo sigo en la mía. Si querés que yo sea esto, y firmamos un contrato interesante y me pagás bien, lo voy a hacer. Lo tomo como un trabajo y como un juego. No me considero para nada una diva ni un sex symbol. Ni sé lo que eso es acá, en la Argentina; en otros países es más serio, tiene más peso, acá te sacás la ropa y ya te nombran sex symbol. –Luego vino la famosa tapa en Playboy, ¿no? –No la quería hacer. La hice porque mi marido de aquel momento quería que yo la hiciese. Todo el mundo hacía Playboy y como a mí me molesta lo que hace todo el mundo, no la quería hacer. Nunca me interesó estar en Playboy. Más que por amor la hice por odio porque odié que me dijera todo el tiempo que tenía que hacer esa tapa. Siempre detesté eso de posar desnuda y decir: “Yo soy tímida” (risas). Un desnudo en una película me lo banco, pero no en fotos estáticas. Mi intimidad la quiero para mí sola, no quiero que los demás jueguen con mi templo, que es mi cuerpo. De todos modos, me encargué de las luces y salí divina y soñada. Fue una de las tapas más vendidas en toda la historia de Playboy. –En los últimos años trabajaste en teatro fundamentalmente con José María Muscari, lo hiciste en Fetiche, Extinguidas y Derechas, ¿hoy te considerás una chica Muscari? –No. ¿Cómo voy a ser yo una chica Muscari? Considero que él es un chico Bustamante (risas). A José María lo amo, lo admiro profundamente. Tiene mi misma forma de trabajar, considera que en 15 días se tiene que armar algo. Es muy difícil lograr eso. Muscari lo hace y yo también. Lo amo con pasión, es uno de mis amores inolvidables. Lo adoro al chiquitín, lo amo. –¿Fuiste una mujer de muchas pasiones? –De muchas no, pero de grandes, seguro. –Del medio artístico fuiste pareja de Germán Kraus y Rolo Puente. –No, lo de Germán fue un encuentro... En cambio, con Rolo sí fuimos pareja, estuvimos juntos tres años. También hubo otros del medio, pero fueron solo touch and go, así que para qué nombrarlos. –¿Saliste con hombres poderosos? –Bueno, Claudio Madanes [sobrino del recordado director teatral Cecilio Madanes] está ligado a Fate y Aluar porque su abuelo fue el creador de esas empresas importantes de la Argentina. Los neumáticos de todos los autos son de Fate y todo el aluminio que se utiliza en el país es de Aluar. Con él estuve muchos años, pero es mentira que estuve con hombres de la política. ¡Nunca, qué horror! Pero no me disgusta la imagen de estar con hombres poderosos, ¿eh? Mis parejas están marcadas por las diferentes necesidades de cada momento de mi vida. Ninguno puede ser mejor ni peor porque obedecieron a distintas etapas, o sea a distintas necesidades. He tenido una época en la que he puesto el acento en la cuestión intelectual, otra en la cuestión física y otra en el humor. Pero los dos hombres que más recuerdo porque entran en la categoría de lo que no fue son bien dispares: uno muy joven, un desconocido, y otro mayor que yo, una figura muy famosa del ambiente. Con los dos no llegué a tener una relación de hartazgo. Entonces me quedó esa sensación de lo que podría haber sido y creo que fueron los más importantes. Madanes, por supuesto, me marcó mucho, y Rolo también, pero ninguno de los dos pensó en mí, así que los tengo colocados en un lugar un poco peligroso para ellos. Pero a aquellos dos los libero de culpa y cargo. –Si fueron los más importantes de tu vida, ¿por qué no los querés nombrar? –Bueno... el más joven fue alguien del que no puedo decir el nombre porque está casado. Era abogado y a partir de nuestro encuentro se convirtió en escritor. Yo lo dejé apenas empezamos a salir porque no podía sostener lo que él me producía. Me emocionaba tanto que simplemente no pude seguir. Fue uno de los amores más fuertes que tuve, todo fue puro sentimiento. Y el otro, el señor mayor, fue alguien que aportó mucho en mi vida, en todo sentido. Yo venía con muchos límites internos y él me ayudó a derribarlos, me dio mucha confianza. Me puso a su lado desde un lugar de generosidad que nunca voy a olvidar. Bueno, te lo voy a decir: fue Alberto de Mendoza. Él significa, comparado con el resto de mis amores, aquel que me ayudó, y el que me reconoció como un par. Éramos muy parecidos. –¿Por qué concluyó la relación? –Tuvimos la relación que podíamos tener hasta que no la pudimos tener más y se cortó. Pero hay un hilo conductor a través del tiempo y de las eras que es eterno y que nos mantiene en contacto. Lo puedo contar ahora por que él ha muerto y su mujer también, sino no lo contaría porque sería una falta de respeto total. De hecho, hasta este reportaje nunca había hablado de nuestra relación. Él estaba casado... pero igual pudimos tener un encuentro amoroso porque su esposa no estaba en la Argentina. Mi condición fue esa, en cuanto ella pisara el país, yo le diría adiós. Y así hice. Para mí él no es un buen recuerdo, es parte de mi existencia, es alguien que realmente pensó en mí como mujer y artista, fue el único. A todos los demás hombres de mi vida les faltó caminar mucho para que yo los recuerde de esta manera. –¿No los estás juzgando poniendo la vara muy alta? –La desgracia que tuvieron los hombres que pasaron por mi vida es que yo tuve un padre muy adelantado, adelantado por lo menos 50 años, con un mente muy abierta, un padre absolutamente feminista, que además era violinista y amaba el arte. En comparación con él ninguno tuvo chances. Cuando yo me hago más grande y empiezo a tener novios, todos hacen agua porque él apoyaba todo lo que sabía que yo era y me impulsaba a ser la mejor. En cambio, todas las parejas que he tenido me tiraron para atrás lo que más amo en la vida, que es mi arte. Yo soy Edda Bustamante artista, antes de mujer, amante y novia, soy una artista. Al principio quedaban encantados con mi imagen de actriz y con lo mona que era, pero luego se quedaban con una imagen congelada, no iban al fondo. No me querían creativa, me pretendían bonita y callada. –¿Cómo debería ser el hombre ideal para este momento? –Tendría que ser un hombre que apoye mi carrera, que comprenda mi cabeza y... ¡que no me joda! Soy una mujer que si está a tu lado, te va a hacer encontrar el desafío que necesitás para sentir una gran vibración en la vida. Ahora quisiera un hombre que me ayudara en mis propios desafíos, que no pensara solo en los suyos sino también en los míos. –En 1989 el grupo Attaque 77 te dedicó un tema: “Caminando por el microcentro (Edda)”, donde confiesan su amor hacia vos desde que te vieron en el film Correccional de mujeres. Incluso te nombran en la canción con nombre y apellido. ¿Qué se siente estar inmortalizada en un clásico del rock nacional? –Me divierte mucho, pero esas cosas una las ve como si les sucedieran a otra persona. Una de mis mayores emociones fue estar en el Estadio Obras frente a 6000 chicos y escucharlos gritar mi nombre y atrás mío Attaque 77 en silencio. No los conocía y me tomó por sorpresa, pero yo tengo una vida llena de sorpresas y de magia. Me llamó la atención y me reí mucho, dije: “Qué locura, ¿por qué me eligieron a mí habiendo tantas mujeres hermosas en la Argentina?”. Todavía no comprendo por qué lo hicieron, por qué me eligieron a mí. ¿Qué se siente? Una gran alegría. Ellos son el moño de mi vida. El gran regalo que la vida me ofreció. –¿Te reconocés como la musa erótico-sexual de varias generaciones de argentinos? –No. Yo soy, como dijo un ex mío, una chica sola y siempre lo seré, y todo lo demás, está en la cabeza de los otros. No me hago cargo de lo que los demás ven en mí, pero está todo bien. Es parte del juego de este ambiente. No me produce orgullo ni sorpresa sino extrañeza. Quizá yo esté hoy dentro del inconsciente colectivo como “la mujer argentina”, como era Tita Merello en su época, una mujer con garra. Eso te lo puedo admitir, pero me extraña que hablen de mí por mi físico y que digan que exudo sexo. Me encantaría que dijeran que soy una guerrera, que conmigo están representadas la soledad y la incomprensión. Admiro a las feministas y aprendo mucho de ellas, pero mi lucha es más individual. Me gustaría ser recordada como Edda Bustamante, esa mujer que representó a las que no tenían representación.

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